En pocos días, Afganistán tendrá unas elecciones que permitirá poner un velo de legitimidad al corrupto gobierno de Karzai. Todas las democracias occidentales respirarán satisfechos y expondrán que gracias a sus esfuerzos, hoy Afganistan es un país donde los ciudadanos votan. Y se quedarán tan tranquilos. Cosa lógica ya que el verdadero interés que nos mueve seguirá inalterable.

Lo que pasa es que llamar democracia a eso nos debería llevar a la conclusión de que a cualquier cosa con una urna la llamaremos democracia de ahora en adelante.

Hoy sin ir más lejos, varios misiles han impactado contra el palacio presidencial, donde mora el representante de la petrolera Unocal, becario fullbriht y producto del departamento de Estado, lo que nos recuerda que hacer unas elecciones en un país en guerra, donde el control del presidente y las fuerzas internacionales no van más allá de las afueras de Kabul es una falacia enorme.

El gobierno y las fuerzas internacionales admiten que hay distritos electorales gobernados por los talibanes donde no habrá ni una sola urna y que, además, cerca del 50 % de los distritos están en riesgo. Para más sorna, no hay censo y lo que hay es un registro electoral voluntario en un país donde las mujeres no pueden salir solas de casa.

Para asegurarse una cómoda victoria que impida una segunda vuelta (más nos vale, que cada ronda la pagamos a más de 200 millones de euros), Karzai ha prometido hacer la vista gorda a los crímenes de guerra cometidos por un señor de la guerra y que seguramente lleve nuestro visto bueno (no creo que Karzai mueva una pestaña sin pedir permiso). En el próximo gobierno, su voluntad es que entren varios asesinos internacionalmente reconocidos.

Pues puestas las cosas así, siendo Afganistán un nido de corrupción infumable, cuyo gobierno está controlado por señores de la guerra criminales, que promulga leyes contra las mujeres (al parecer, cada uno interpreta el Corán como le viene en gana), con relaciones más que evidentes sobre la producción de drogas y con una guerra condenada al fracaso, la pregunta evidente es que se nos ha perdido allí y porqué vamos a aumentar el número de efectivos.

Pero sin duda alguna, lo deseable es que habláramos claro. Que el gobierno y la titular de defensa se dejaran de vender que el papel de nuestro ejército es el de una ong organizadora de elecciones y discutiéramos claramente si debemos o no participar en una guerra por el control de los recursos energéticos, que es de lo que se trata.

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