BSO: The kids aren’t alright. The Offspring
En mi barrio se jugaba al futbol en un callejón. Las paredes de los edificios hacÃan de bandas laterales. Un fondo era una terraza que daba a otra calle un nivel más bajo y la otra porterÃa era la misma calle. Los postes se marcaban dependiendo de las estaciones: dos piedras en verano, los abrigos en invierno. El campo crecÃa en función del número de jugadores.
En mi barrio las reglas siempre estuvieron claras. Como fuimos los primeros en colonizarlo, las pusimos nosotros. Todos sabÃamos que hacer una doble pared utilizando los laterales era falta. Si uno se quedaba pegado al portero contrario y metÃa gol era churro y no valÃa. Todos sabÃamos, a pesar de no haber largueros, cuando era alto, nube o habÃa entrado por la escuadra, a pesar de que los postes eran imaginarios.
También jugábamos nuestra particular champion league contra otros barrios. El que ponÃa campo, ponÃa las normas. Bien explicadas antes de empezar. Después de comenzado el partido no valÃan nuevas normas que no se hubieran explicado antes.
Todo esto no estaba exento de interpretaciones, claro. Pero eran interpretaciones, no nuevas normas. Y para interpretar ya estaban los niños sabios. LÃderes por prestigio dentro del grupo, que se reunÃan allà mismo haciendo de árbitros y siempre, siempre llegaban a un acuerdo. Y cuando se cerraba la discusión, todos chitón, porque habÃan hablado los niños sabios y su palabra iba a misa. Y a volver a jugar. Partidos infinitos que podÃan durar dÃas y que se interrumpÃan por los gritos de las madres tocando a cenar, la falta de luz o porque el balón caÃa en el balcón del 1º A, y no los devolvÃan. Las farolas vinieron años después. Los del 1º A siguen allÃ. Sin hijos.
Se jugaba todos contra todos. Los jugadores cambiaban de equipo cada dÃa, dependiendo de las circunstancias, o sea del número de jugadores que se citaban. Jamás se recusó a nadie y siempre jugabamos todos, aunque fueramos impares. Si se descompensaba un equipo, alguno cambiaba de bando para compensar. No todos. Los niños sabios no cambiaban de equipo casi nunca. CoincidÃa que los niños sabios eran los jugones del barrio y los jugones sólo jugaban juntos cuando tocaba champion league. Asà eran las normas.
Aquella Constitución no escrita pasó consuetudinariamente a la generacÃon siguiente, y se fueron adaptando las normas para jugar con los primeros coches que se aventuraron en el callejón, Asà hasta su desaparición: de niños, de futbol. No de coches.
Hoy me he acordado de esto porque me ha tocado explicar en un examen de derecho constitucional, la composición, funcionamiento y elección del Tribunal Constitucional. Me ha dado la risa y he recordado en el coche, cuando volvÃa, que se me habÃa olvidado escribir que aquellos niños sabios tenÃan sentido común.
Mucho sentido común.
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febrero 7, 2007
MagnÃfico recuerdo, JavierM. Yo tengo uno similar, con pocas, lógicas y en general poco importantes diferencias. Mi barrio era Lavapiés y no habÃa campo, sino calle. Poco más. En el lugar en que más jugaba, que era en la acera de la calle de mi colegio, se daban circunstancias parecidÃsimas a las que usted narra.
Sólo se me ocurre una diferencia de peso: en nuestro caso sà que habÃa veces en que algún listo -inevitable, siempre los hay- querÃa hacer una interpretación excesivamente interesada de las normas. DecÃa, por ejemplo: “bueno, la pared no vale, pero no he dado en la pared, he dado en la farola…” Todos los demás zanjábamos la cuestión con un “¡amos vete ya!” (sic) y el listillo se quedaba sin jugar…
Y es que a los listos no se les debe dar bola…
febrero 7, 2007
Tú mismo lo describiste muy bien en un post en el que rememoraba algunos episodios de mi propia infancia.
La calle era un universo de aprendizaje, una escuela de convivencia y un microcosmos en sà mismo. ExistÃan reglas. Algunas cÃvicas y otras que regulaban incluso la brutalidad; pero eran normas aceptadas y que se regÃan por el sentido común.
No las esperes en los componentes del tribunal contitucinal. Salvo raras excepciones, esos salÃan de sus colegios pijos y se encerraban en sus casas, o se relacionaban con otros pijos. Con sus piques, sus envidias y su orgullo de clase, intactos hasta hoy. No tienen cultura de calle, que en definitiva, es Cultura – en mayñusculas- Popular.
Por cierto ¿Estudias o impartes clases?
febrero 8, 2007
Eludo el tema polÃtico para recordar lo que fue mi niñez en el barrio (El Carmen, lÃnea 5).
Los niños madrileños (de las ciudades) ya no pueden jugar en la calle. Las habilidades sociales se aprenden; y se aprenden con el roce, no jugando con la play o con el messenger.
No tengo hijos. Si los tuviera, querrÃa verlos crecer en un pueblo. Las ciudades son para la gente de nuestra edad, pero no para los niños ni para los viejos.
febrero 8, 2007
Si, Don AF, en mi barrio también se daban esas cuestiones de diferencias de interés. Pero para esotambién habÃa normas: el rechazo al listillo mentiroso.
Bernardo, lo triste es que la calle hoy es sinónimo no de aprendizaje sino de semidelincuencia. Hoy parece que está todo descubierto y hay que adornar artificialmente los lugares de misterio para que los niños los descubran. Sinceramente, el dÃa que dejamos la calle a los coches, la cagamos. Recibo clases, para tu curiosodad. Es que los jugones acabábamos en fp, jajajaja.
Mendigo.Toda la razón. Las habilidades sociales hay que practicarlas. Lo que no se es si los pueblos (y hay que definir que es pueblo) mantienen esa inocencia. Conozco algún pueblo manchego que hace rato que es más inhóspito que madrid.